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Qué sabia la naturaleza

Por descontado que los hombres y las mujeres somos distintos en muchos aspectos. Por ahora vamos a centrarnos en la morfología para no hacer interminable este post 😉

En términos de composición corporal, una mujer normal tiene entre el 18% y el 25% de media de una grasa total respecto a su peso, mientras que este dato para el hombre está entre un 10% y un 15%. ¿Debemos odiar a la naturaleza por esto? La respuesta es no, ya que tiene una buena explicación para ello.

La diferencia se debe al hecho de que la mujer es un determinado momento de su vida puede alimentar a un feto y después a un recién nacido a expensas de sus propias reservas de grasa.

Es por eso que el cuerpo de la mujer sabiamente concentra mayor porcentaje de grasa como energía para futuras gestaciones.

A consecuencia de esto, a la hora de perder peso o querer lucir cuerpo un tanto más fibrado, el género masculino tiene cierta ventaja al femenino. Por cuestiones obvias según lo explicado, ellos pueden conseguir este tipo de objetivos con mayor facilidad puesto que de forma natural su cuerpo contiene menos tejido adiposo.

Igualmente, es importante no olvidar que la grasa tiene una función imprescindible en nuestro cuerpo e intentar perseguir según qué ideales de belleza de forma extrema puede conllevar serios problemas para la salud.

Hoy en día el tipo de cánones apuntan a modelos de fitness con bajos niveles de grasa corporal haciendo muy visibles y resaltables su trabajada musculatura. Un individuo hombre o mujer, debe albergar la cantidad de grasa de reserva para el buen funcionamiento de su organismo.

La masa grasa se divide en grasa esencial y grasa de almacenamiento. La primera es un componente del cerebro, los nervios, la médula ósea, el tejido cardíaco y las membranas celulares, sin los cuales no podríamos vivir.

En su defecto podría provocar severos problemas por ejemplo hormonales que en las mujeres puede provocar hasta la desaparición de la menstruación.

Es una medida preventiva que nuestro propio cuerpo sabe tomar para evitar que la mujer traiga al mundo un niño que no podría mantener a partir de sus reservas orgánicas y que pondría en serio peligro su supervivencia.

Sabiendo ahora por qué somos diferentes, no debemos simplemente maldecir nuestra genética sino todo lo contrario. Siendo conscientes de la realidad, trabajar para conseguir objetivos de salud y estéticos que sean alcanzables. Los extremos nunca son buenos.

El ideal siempre sería que fuéramos capaces de pensar en el largo plazo y en nuestra salud más que un tema puramente estético. Normalmente en este segundo caso es cuando la obsesión por un físico nos puede conducir a hacer cosas raras y poco saludables para lograr ese objetivo marcado seguramente de forma irracional.

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